viernes, 16 de diciembre de 2011

Otro año que se va



Podría escribir un tango. Pero “que veinte años no es nada” se me hacía un poco trillado. Después pensé en contar acerca de la relatividad del tiempo a medida que pasa, pero ya lo había contado hace un año para estas fechas (“Un balance de fin de año, muchos vinos”, 12 de diciembre de 2010, abajo, a su derecha).

Quien empieza a repetir historias que ya contó es que se está poniendo… “con experiencia”, por decirlo de algún modo. 

Este año se va, y ni siquiera nos deja palpitarlo: las fiestas caen en pleno fin de semana. En lo que a mí respecta, estoy por vivir un año de dos años, como si éste no estuviese acabando. Porque la magia de terminar está en el rito, y si al rito le quitan el condimento, pierde su forma.

Ya danzaban grupos tribales sus ritos alrededor de los tótems cuyos significados simbolizaban diversas creencias que fundaban la identidad de los individuos que allí danzaban y del grupo como un todo. 

Y es que nuestros ritos no difieren tanto de aquellos, excepto por los iPods, los antibióticos y los electrodomésticos. Los hombres y mujeres danzan alrededor de sus tótems como sus antepasados lo hacían en los primerísimos tiempos. El tótem de un año que termina y la esperanza renovada de un año que comienza es el combustible que nos permite hacer un tirón más. 

Un año que termina y uno que comienza. Una semana que termina y otra que empieza. El anochecer del día y el amanecer del nuevo. La reencarnación sucesiva de la esperanza es una ilusión en la que nos apoyamos como aquellos tribales se apoyaban en la mitología de sus creencias.

El principio y el fin son ilusorios, meras interpretaciones parciales de la realidad que nos rodea, como un grupo de convenciones que no podemos evitar para afianzarnos a la sensación de seguridad sin la cual perdemos identidad y nos desvanecemos en el universo de nuestro existencialismo.

Porque sólo cuando adoptamos las representaciones ilusorias que se proyectan en la historia de la humanidad, sólo cuando aceptamos danzar tribalmente alrededor de los tótems que nuestro conjunto de creencias precisa para dar sentido a la existencia, es cuando nos sentimos totalmente realizados como individuos que forman parte del universo.

De este modo, pedimos que nos entreguen los fines de semana largos para las fiestas de fin de año, para que nuestro ser cobre la identidad, que nos permita danzar una vez más, alrededor de nuestros tan preciados tótems contemporáneos, nuestro fuego primitivo.


miércoles, 30 de noviembre de 2011

Dicotomías argentas



A medida que observamos el comportamiento del argentino promedio, encontramos que son más las cosas que nos separan que las que nos unen. Por eso son escasas las situaciones en que la bandera nacional flamea al son de un único compás: un mundial, un mundial, o… un mundial.

Pero, ¿es esto acaso un síntoma negativo? A priori muchos dirían que sí, que otras culturas poseen un sentimiento y una unión nacional más grandes, donde la gente lucha por el interés común y el bienestar  público, donde la sensibilidad social logra atravesar las fronteras de la burguesía reaccionaria. Particularmente,  nosotros no encontramos ningún ejemplo de estos.

Nuestro deseo es destacar las virtudes ocultas en nuestras dicotomías. El argentino tiene la necesidad de generar debate, y el debate enriquece el conocimiento y la comprensión de aquello contra lo cual se argumenta un determinado punto de vista. No importa qué punto de vista defiende, sino qué necesita defender uno: el opuesto del que tiene adelante. 

Esto se ha acuñado así, como una verdad inherente al ser argento, desde los Realistas contra los Revolucionarios Nacionalistas, pasando por los Federales y Unitarios, Peronistas y Gorilas, hinchas de Racing contra hinchas del amargo. De esta manera, se extenderían las diferencias hasta con nimiedades tan efímeras y carentes de esencia como quién tiene tal o cual parte del cuerpo más grande que la del otro contra el cual se está debatiendo de manera netamente argumentativa.

Ya desde tiempos remotos existe la necesidad humana de la dualidad que complementa y al mismo tiempo confronta dos realidades opuestas: el cuerpo y el alma, el bien y el mal, la trinidad y un único Dios, etc. Todas estas dualidades habrían sido heredadas de la simple observación de la naturaleza, la cual mostraba en su seno mismo esta dicotomía: la noche y el día, el hombre y la mujer, el cielo y la tierra, el blanco y el negro, que acabaría por enfrentar, en nuestros días, hinchas de Rosario Central y de Newells en las cercanías de Arroyito. Todo eso ya estaba impreso en la realidad creada.

El argentino, a lo sumo, es una demostración de la dualidad que existió en la naturaleza desde sus primeros días, con una evolución escasamente desarrollada para modificar este primer análisis, como para llegar a uno superador. De todos modos, es admirable la imperturbable condición y la actitud que muestra al elaborar dialécticamente argumentos organizados con una perfección evolucionada, para defender hasta aquello en lo que él mismo no cree.

El argentino es un maestro de la oposición sin fundamentos, un catedrático de la dicotomía sin contenido, un guía espiritual para orientar a la vereda de enfrente (siempre que su opositor no se halle previamente allí). Es más, seguramente usted, lector, ya debe tener una opinión formada que se opone totalmente a lo relatado en esta publicación y, por eso usted, sin duda, es argentino.


 

domingo, 16 de octubre de 2011

Tributo a “La naranja mecánica”. Joroschó



Como todas las semanas, me hallaba nuevamente con el silaño de no construir meselos suficientes para escribir algo bien joroschó. Algo de lo que no se smecaran mis duchos lectores cuando smotaran el blog y se encontraran con esta vesche tan extraña.

Me encontraba de nuevo en este mesto, con la ya starria costumbre de videar qué pondría. Y se me ocurrió que este odinoco Narrador, Don SOS, era un sectario más. Como los católicos visitan todos los domingos el domo de Bogo para escuchar lo que el chaplino tenía para scasar. Como los málchicos iteaban a la cancha para crichar hasta volver rojos los gorlos por sus equipos de fútbol y, entre jugada y jugada, aprovechaban para crastar algunas golis, manguear algunos cancrillos y cuperar algunos choris grasños. 

También este, su starrio Narrador, tenía un culto semanal de cual no podía ucadir. Tenía un compromiso. ¿Con quién? ¿Con sus drugos del blog? ¿Con las débochcas y chelovecos que entran a smotar? Seguramente. Pero ya no contaba con historias de nasdat, de cuando quedaba pianitso después de pitear unas cuantas cervezas y tenía que lidiar con schutos militsos. Claro, nosotros no tolchoqueabamos a nadie, no eramos chelovecos de la ultraviolencia, no. Pero iteabamos en schaica como tantos otros liudos que sí cargaban con usys, britbas y nochos. Esos sí eran besuños de la ultraviolencia, y había casos donde se sabía que habían llegado al unodós unodós. Muy málchicos, maluolo, no joroschó, no.

Como escaseaba de rascasos decidí goborar estos slovos realmente joroschó para homenajear el trabajo de Anthony Burgess, La naranja mecánica, y su lenguaje nasdat, el cual ustedes, estimados drugos, podrán videar a continuación, como referencia para ponimar este texto besuño.


¡Gracias besuños drugos, Bogo sea con ustedes!


GLOSARIO NASDAT usado en este post:

 besuño: loco
 Bogo: Dios
 britba: navaja
cancrillo: cigarrillo
crastar: robar
crichar: gritar
cuperar: comprar
chaplino: sacerdote
cheloveco: individuo
débochca: muchacha
drugo: amigo
goborar: hablar, conversar
goli: unidad de moneda
gorlo: garganta
grasño: sucio
gronco: estrepitoso, fuerte
itear: ir, caminar, ocurrir
joroschó: bueno, bien
liudo: individuo
málchico: muchacho
maluolo: mal, malo
meselo: pensamiento, fantasía
mesto: lugar
militso: policía
nadsat: adolescente
nocho: cuchillo
odinoco: solo, solitario
pianitso: borracho
pitear: beber
ponimar: entender
ptitsa: muchacha
rascaso: cuento, historia
scasar: decir
schaica: pandilla
schuto: estúpido
silaño: preocupación
slovo: palabra
smecar: reír
smotar: mirar
starrio: viejo, antiguo
tolchoco: golpe
tolchoquear: Golpear
unodós: cópula, copular
usy: cadena
vesche: cosa
videar: ver

domingo, 9 de octubre de 2011

Cigarrillo fumado



Estaba un tanto preocupado, caminando de aquí para allá sobre baldosas húmedas, recientemente azotadas por las gotas de una tormenta pasajera. Mientras inspeccionaba de manera aleatoria todos los rincones de aquel salón insalubre, tomaba decididamente el paquete de cigarrillos que siempre llevaba conmigo.

Por supuesto que la soledad siempre se ve más soslayada con la compañía de aquellos cilindros rellenos con tabaco. No había momento que no tuviera de estos en mi bolsillo o en la mesa de luz. Su ausencia significaba una intranquilidad que no se extinguía sino hasta la adquisición del próximo paquete tóxico.

“Prohibido fumar” parecía la señalización de aquellos lugares que de manera anticipada se designaban como trincheras enemigas, donde la propia presencia no era bienvenida. El círculo rojo con la barra cruzada sobre la imagen de un cigarrillo parecía una amenaza racial que me dejaba del otro lado de la puerta de ingreso.

Y allí me encontraba otra vez. Caminando entre las cuatro esquinas del salón de fumadores como quien está buscando una solución desesperada a algún problema matemático de difícil solución. Sí hacía algunas cuentas, pero mis pensamientos se veían interrumpidos por la sistemática aparición de las ganas de encender ese cigarrillo para el cual había ingresado al salón.  De modo que decidí retirar el cilindro venenoso de la caja recién comprada. 

De manera elegante lo tomé por el extremo que se enciende y comencé a darle pequeños y sutiles golpecitos contra la estructura del gran cenicero receptor de emociones quemadas. Para aquellos que desconocen este mecanismo, no se trata de otra cosa que de comprimir el tabaco dispuesto de forma desordenada en el cilindro de seda contra el filtro, que nos genera la falsa sensación de estar protegidos más allá de lo perjudicial del acto de fumar.

Luego saqué el encendedor Bic de mi otro bolsillo y lo acerqué al extremo del cigarrillo ya acomodado entre mis labios. Si ustedes se detienen en la seda que conforma el cilindro del tabaco, podrán ver finas circunferencias grises de pólvora, dispuestas a idéntica distancia, de modo de asegurar que el fumador podrá disfrutar de su envenenamiento de manera ininterrumpida. 

¡Qué placer sentí cuando encendí el cigarrillo! Todos los pensamientos negativos que me venían aquejando durante la caminata fluctuante y aleatoria entre aquellas cuatro paredes se disolvían en el acto mismo de la primera aspiración de humo. Los pulmones recibían las primeras bocanadas y le enviaban a la mente la idea de que un mundo mejor era posible, de que todos los problemas acumulados podían resolverse, o que, en el fondo, no tenían mayor importancia como para preocuparse.

Así funcionaba la cosa (del latín, la res). Más fumaba y más claro parecía el panorama –al menos en ese preciso momento, que habría que reforzar de manera incesante—. Veía yo las brasas rojizas avanzar sobre la seda que iba quemándose y haciendo diminutos estallidos a su paso. (Qué invento genial había sido el del cigarrillo, que nos proveía de una seguridad que nos protegía en los momentos de mayor desasosiego.)  Inhalaba el humo tranquilizante y lo exhalaba una y otra vez. Con cada exhalación parecían alejarse las inseguridades, los miedos, los apegos. Con cada inhalación de humo parecían ingresar en mi cuerpo las certezas, las calmas y las fuerzas  para superar las penas transitorias. Las brasas avanzaban dejando cenizas a su paso, que tenía que volcar en aquel cenicero colectivo donde todas las penas se unen como en un cementerio se juntan los familiares a llorar por sus parientes difuntos. 

El humo del salón se hacía espeso, y por momentos se hacía difícil asegurar que el humo inhalado provenía únicamente de mi propio cigarrillo, o si era una sumatoria de emociones quemadas por los fumadores transeúntes del salón. Me detenía metódicamente a observar la consumación del acto que duraría lo mismo que la idea de serenidad. La cercanía del frente de llama al filtro marcaba como un reloj de arena el tiempo de felicidad restante. De modo que, paradójicamente, la alegría era inversamente proporcional a la duración del momento.

Súbitamente me vi consumiéndome, consumido, con una corriente de humo que atravesaba mi interior y sin hallar la forma de detenerla. Cada pasaje de humo se volvía cenizas en mis extremidades inferiores y me provocaba un dolor demencial con el avance de las brasas que me iban quemando poco a poco. Con cada explosión de pólvora, mi ser se agotaba y ya no podía frenarlo, tenía los segundos contados y las emociones me atravesaban con la furia de quien me consumía, mi dueño, el motivo de mi existencia y el motivo de mi deceso final. El último impacto que recibí fue contra aquel cenicero comunal, como una maza golpeando contra mi cabeza, las últimas cenizas de mi materialidad caían en el cementerio de las emociones extintas, maltrechas y lastimosamente malgastadas.