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sábado, 4 de diciembre de 2010

El universo tiende al olvido


“El universo tiende al olvido”, mencionó aquella vez el Negro Dolina por la radio, haciendo referencia a lo que un radioescucha le había enviado por escrito en un papel. Era una noche fría, en la que la compañía de las Venganzas era un alivio para la soledad que el alma manifiesta en la gélida oscuridad del invierno.
Cuán sabias parecían aquellas palabras que retumbaban una y otra vez en mi cabeza, mientras la primera reacción del equipo de locución al escucharla fue la carcajada. Enseguida se recompusieron y, con el Negro a la cabeza, retomaron el tema con la solemnidad que merecía.
Pues aquellas palabras parecían no tener desperdicio. Porque el tiempo sana las heridas y las cicatrices pasan a ser un paisaje tan natural que difícilmente alguna vez alguien vuelva a cuestionar las causas que les dieron origen.
Porque a nadie le importa. A nadie le importa quién ejecutó tal o cual papel en la obra teatral de la vida. Porque nunca importó. Solamente sobre el escenario el actor es recordado y hasta intensamente aplaudido: porque se lo ve, porque se lo percibe.
Pero la gente recuerda a los grandes actores de la historia, la gente recuerda a los genios que contribuyeron a hacer de este un mundo mejor. Mentira. La gente recuerda la personificación que los actores encarnaron durante la obra de teatro, sobre el escenario de sus ahora extintas vidas. La gente conmemora el significado de lo que ese papel suponía y transmitía frente a las escenografías montadas por la producción del universo.
Por eso el universo tiende al olvido, por eso ese hombre  —que escribió al programa cuya gloriosa función protagónica encarna maravillosamente el Negro— poseía sin duda una pieza del rompecabezas de la intrascendencia existencial. El universo sólo pone en escena a algunos pocos actores, que creen ingenuamente que se los recordará por sus existencias, en lugar de rememorárselos por las representaciones que personificaron.
El universo tiende amargamente al olvido cuando se toma consciencia de que el papel interpretado fue tan solo un mero espejismo de una falsa realidad proyectada por otros, cuando la imagen montada se desvanece en la nada y se encuentra una vez más sin rumbo ni dirección, a duras penas, en el lugar donde todo empezó.
El universo tiende afortunadamente al olvido, cuando se entiende que nunca nada de todo aquello ameritó siquiera una lágrima, ni un veneno, ni un suspiro, y mucho menos aún, pedir perdón.

DON SOS