domingo, 16 de octubre de 2011

Tributo a “La naranja mecánica”. Joroschó



Como todas las semanas, me hallaba nuevamente con el silaño de no construir meselos suficientes para escribir algo bien joroschó. Algo de lo que no se smecaran mis duchos lectores cuando smotaran el blog y se encontraran con esta vesche tan extraña.

Me encontraba de nuevo en este mesto, con la ya starria costumbre de videar qué pondría. Y se me ocurrió que este odinoco Narrador, Don SOS, era un sectario más. Como los católicos visitan todos los domingos el domo de Bogo para escuchar lo que el chaplino tenía para scasar. Como los málchicos iteaban a la cancha para crichar hasta volver rojos los gorlos por sus equipos de fútbol y, entre jugada y jugada, aprovechaban para crastar algunas golis, manguear algunos cancrillos y cuperar algunos choris grasños. 

También este, su starrio Narrador, tenía un culto semanal de cual no podía ucadir. Tenía un compromiso. ¿Con quién? ¿Con sus drugos del blog? ¿Con las débochcas y chelovecos que entran a smotar? Seguramente. Pero ya no contaba con historias de nasdat, de cuando quedaba pianitso después de pitear unas cuantas cervezas y tenía que lidiar con schutos militsos. Claro, nosotros no tolchoqueabamos a nadie, no eramos chelovecos de la ultraviolencia, no. Pero iteabamos en schaica como tantos otros liudos que sí cargaban con usys, britbas y nochos. Esos sí eran besuños de la ultraviolencia, y había casos donde se sabía que habían llegado al unodós unodós. Muy málchicos, maluolo, no joroschó, no.

Como escaseaba de rascasos decidí goborar estos slovos realmente joroschó para homenajear el trabajo de Anthony Burgess, La naranja mecánica, y su lenguaje nasdat, el cual ustedes, estimados drugos, podrán videar a continuación, como referencia para ponimar este texto besuño.


¡Gracias besuños drugos, Bogo sea con ustedes!


GLOSARIO NASDAT usado en este post:

 besuño: loco
 Bogo: Dios
 britba: navaja
cancrillo: cigarrillo
crastar: robar
crichar: gritar
cuperar: comprar
chaplino: sacerdote
cheloveco: individuo
débochca: muchacha
drugo: amigo
goborar: hablar, conversar
goli: unidad de moneda
gorlo: garganta
grasño: sucio
gronco: estrepitoso, fuerte
itear: ir, caminar, ocurrir
joroschó: bueno, bien
liudo: individuo
málchico: muchacho
maluolo: mal, malo
meselo: pensamiento, fantasía
mesto: lugar
militso: policía
nadsat: adolescente
nocho: cuchillo
odinoco: solo, solitario
pianitso: borracho
pitear: beber
ponimar: entender
ptitsa: muchacha
rascaso: cuento, historia
scasar: decir
schaica: pandilla
schuto: estúpido
silaño: preocupación
slovo: palabra
smecar: reír
smotar: mirar
starrio: viejo, antiguo
tolchoco: golpe
tolchoquear: Golpear
unodós: cópula, copular
usy: cadena
vesche: cosa
videar: ver

domingo, 9 de octubre de 2011

Cigarrillo fumado



Estaba un tanto preocupado, caminando de aquí para allá sobre baldosas húmedas, recientemente azotadas por las gotas de una tormenta pasajera. Mientras inspeccionaba de manera aleatoria todos los rincones de aquel salón insalubre, tomaba decididamente el paquete de cigarrillos que siempre llevaba conmigo.

Por supuesto que la soledad siempre se ve más soslayada con la compañía de aquellos cilindros rellenos con tabaco. No había momento que no tuviera de estos en mi bolsillo o en la mesa de luz. Su ausencia significaba una intranquilidad que no se extinguía sino hasta la adquisición del próximo paquete tóxico.

“Prohibido fumar” parecía la señalización de aquellos lugares que de manera anticipada se designaban como trincheras enemigas, donde la propia presencia no era bienvenida. El círculo rojo con la barra cruzada sobre la imagen de un cigarrillo parecía una amenaza racial que me dejaba del otro lado de la puerta de ingreso.

Y allí me encontraba otra vez. Caminando entre las cuatro esquinas del salón de fumadores como quien está buscando una solución desesperada a algún problema matemático de difícil solución. Sí hacía algunas cuentas, pero mis pensamientos se veían interrumpidos por la sistemática aparición de las ganas de encender ese cigarrillo para el cual había ingresado al salón.  De modo que decidí retirar el cilindro venenoso de la caja recién comprada. 

De manera elegante lo tomé por el extremo que se enciende y comencé a darle pequeños y sutiles golpecitos contra la estructura del gran cenicero receptor de emociones quemadas. Para aquellos que desconocen este mecanismo, no se trata de otra cosa que de comprimir el tabaco dispuesto de forma desordenada en el cilindro de seda contra el filtro, que nos genera la falsa sensación de estar protegidos más allá de lo perjudicial del acto de fumar.

Luego saqué el encendedor Bic de mi otro bolsillo y lo acerqué al extremo del cigarrillo ya acomodado entre mis labios. Si ustedes se detienen en la seda que conforma el cilindro del tabaco, podrán ver finas circunferencias grises de pólvora, dispuestas a idéntica distancia, de modo de asegurar que el fumador podrá disfrutar de su envenenamiento de manera ininterrumpida. 

¡Qué placer sentí cuando encendí el cigarrillo! Todos los pensamientos negativos que me venían aquejando durante la caminata fluctuante y aleatoria entre aquellas cuatro paredes se disolvían en el acto mismo de la primera aspiración de humo. Los pulmones recibían las primeras bocanadas y le enviaban a la mente la idea de que un mundo mejor era posible, de que todos los problemas acumulados podían resolverse, o que, en el fondo, no tenían mayor importancia como para preocuparse.

Así funcionaba la cosa (del latín, la res). Más fumaba y más claro parecía el panorama –al menos en ese preciso momento, que habría que reforzar de manera incesante—. Veía yo las brasas rojizas avanzar sobre la seda que iba quemándose y haciendo diminutos estallidos a su paso. (Qué invento genial había sido el del cigarrillo, que nos proveía de una seguridad que nos protegía en los momentos de mayor desasosiego.)  Inhalaba el humo tranquilizante y lo exhalaba una y otra vez. Con cada exhalación parecían alejarse las inseguridades, los miedos, los apegos. Con cada inhalación de humo parecían ingresar en mi cuerpo las certezas, las calmas y las fuerzas  para superar las penas transitorias. Las brasas avanzaban dejando cenizas a su paso, que tenía que volcar en aquel cenicero colectivo donde todas las penas se unen como en un cementerio se juntan los familiares a llorar por sus parientes difuntos. 

El humo del salón se hacía espeso, y por momentos se hacía difícil asegurar que el humo inhalado provenía únicamente de mi propio cigarrillo, o si era una sumatoria de emociones quemadas por los fumadores transeúntes del salón. Me detenía metódicamente a observar la consumación del acto que duraría lo mismo que la idea de serenidad. La cercanía del frente de llama al filtro marcaba como un reloj de arena el tiempo de felicidad restante. De modo que, paradójicamente, la alegría era inversamente proporcional a la duración del momento.

Súbitamente me vi consumiéndome, consumido, con una corriente de humo que atravesaba mi interior y sin hallar la forma de detenerla. Cada pasaje de humo se volvía cenizas en mis extremidades inferiores y me provocaba un dolor demencial con el avance de las brasas que me iban quemando poco a poco. Con cada explosión de pólvora, mi ser se agotaba y ya no podía frenarlo, tenía los segundos contados y las emociones me atravesaban con la furia de quien me consumía, mi dueño, el motivo de mi existencia y el motivo de mi deceso final. El último impacto que recibí fue contra aquel cenicero comunal, como una maza golpeando contra mi cabeza, las últimas cenizas de mi materialidad caían en el cementerio de las emociones extintas, maltrechas y lastimosamente malgastadas.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Un poema al Gordo. Capítulo 9



Tito meditaba pensativo e impotente frente a la hoja en blanco. Tito nunca profesó la literatura como un medio de expresión viable para canalizar sus frustraciones, vaya a saber qué estaría pensando redactar aquella noche fría de invierno. Tito era un tipo sencillo, como quien diría, de barrio. 

Toda su infancia la pasó entre sus estudios –muy poco–, su hogar y un grupo de amigos con quienes jugaba a la pelota en un potrero humilde. Allí se formó una barra fabulosa, con personajes de lo más heterogéneos pero siempre cálidos y leales –o al menos eso creían–.

Entre la pandilla del potrero estaban El Tano, Tito, El Panza, El Negro y otros tantos apodos más, siempre tan característicos de la vida barrial de los pagos sureños.

El Panza, característico por su redondez cuasi extravagante y desbordada, era objeto de copiosas burlas de parte de la barra, y no faltaba quien pateara la pelota con más fuerza al llegar al área, no con intención de llevar a su equipo a la victoria sino para ver al Panza desparramado con su inmensidad sobre la tierra, o peor aún, para estudiar el impacto de la esfera de cuero al ser atajada con la superficie de su cara.

Hasta aquí, el Panza era claramente una víctima de su grandeza extraordinaria, o más bien debiera decir, de su gordura. Pero con el pasar de los años El Panza fue acumulando una sed de venganza que lo transformó en un genio para hacer dinero y exhibirlo frente a los victimarios de aquellos años tortuosos.

Es cierto que esta banda de nefastos cuasi delincuentes no merecía mayores consideraciones, pero tampoco había llegado a los prontuarios de ninguna comisaría ni había cometido violaciones que llevara a sus miembros a visitar algún juzgado de menores. Sin embargo, el Panza, repleto de animosidad en su accionar, pulió y perfeccionó los artilugios con los que llegaría a amasar fortunas, a expensas, entre otros, de sus amigos del barrio.

Tito, quien no se había reido precisamente de la redondez del Panza, ahora sufría los embates de éste al punto de acabar en bancarrota, sin un peso y con una deuda que estaba más roja que la cara del Panza cuando se reía después de unos vinos. 

Tito, años después de aquellos partidos inolvidables de potrero, se encontraba ahora con una mano atrás (¿o se dice detrás?) y otra adelante frente a la hoja en blanco. Esta situación podría haberle sugerido a más de uno que lo que estaba planeando el viejo Tito era la redacción de su carta final antes de pasar a algún mecanismo trillado por el cual un hombre se quita la vida. 

Finalmente, contra todos los pronósticos esperables, Don Tito –bruto, mundano, algo machista y pacato—, se había convertido en un Fantasma de Balvanera condenado a una vida llena de insatisfacciones, cuyo reloj se detuvo el día que el Panza le tendió la última trampa que lo despojó de todos sus bienes. En estas condiciones se embarcó a la tarea de redactar una obra literaria que quedaría plasmada en el corazón de Balvanera para el goce de su público espectral:

“Un poema al Gordo:

El gordo iracundo, con la cara redonda, roja y llena de furia, solía ser además un petulante flatulento que descargaba sus gases sobre el resto de los mortales.

El gordo iracundo, con la cara redonda, roja y llena de furia, estaba repleto de gases en su interior, mas no ocurría lo mismo con las ideas. Aquellas quedaban cubiertas por las flatulencias que se acrecentaban día a día por la impotencia que lo sacudía; arrinconadas y acechadas cada vez más por la pestilencia de su interior.

El gordo iracundo, con la cara redonda, roja y llena de furia, al descargar sus gases flatulentos sobre el resto de los mortales, se debilitaba con cada gas, con cada ventosidad. Porque al ser estas las únicas cosas que conservaba en lo más profundo de su ser, con cada liberación de flato yacía éste más vacío en su interior. 

El gordo iracundo, con la cara redonda, roja y llena de furia, se extingue con cada acción, porque no consigue paz que sacie su demandante extravagancia y su paranoia sideral.

Catarsis Literaria”


Luego de escribir esto se puso de pie, encendió un cigarrillo –el último del paquete— y emprendió su camino al encuentro de aquellos solitarios seres fantasmales, a compartir la soledad con otras soledades, pues Tito no dudaba de que cualquier acto que pretendiera demostrar otra cosa distinta al destierro era pura ficción, y que él, para ficciones, ya había tenido demasiadas.


viernes, 16 de septiembre de 2011

De “SOS Me fui a vivir solo” a “Relatos contra literatura”



Cuando hace unos días cambiamos el nombre del blog de “SOS Me fui a vivir solo” a “Relatos contra literatura”, una multitud de personas se agolpó en las puertas de la redacción.

Era de esperarse una reacción de nuestro querido público, que se encontraba desorientado, e incluso, algunos no han llegado siquiera a localizarnos. No fue motivo de cuestionamientos el porqué de haber cambiado el nombre tradicional de SOS, sino más bien las razones que nos impulsaron a la nueva razón social, a titular este histórico espacio que ya cumple dos años como: “Relatos contra literatura”. Por ello nos apartamos de la línea editorial para permitirnos explayar, a los ojos de nuestros siempre preciados lectores, los fundamentos correspondientes, que no son suficientes cada uno por sí mismo, sino por la sumatoria de ellos.

Explicación etimológica:

La contraliteratura, paraliteratura o subliteratura es una nueva clasificación peyorativa que se le da a la literatura reciente frente a los clásicos históricos, por parte del círculo elitista del intelectualismo. Desde ya que, frente a una posible categorización de nuestros relatos, de ninguna manera cabía alguna que no fuera acaso peyorativa, e incluso, controversial.

Los relatos y la literatura parecieran ser términos por lo menos familiares. Aquí, los enfrentamos con la palabra “contra”. ¿Cómo podría un relato estar contra la literatura? Es acaso una suerte de negación de sí misma o, por lo menos, un planteo que pareciera despertar intríngulis.

Explicación literaria:

En una entrevista famosa de la televisión española a Julio Cortázar, éste menciona, al hablar de su obra Rayuela, que si bien mucha gente la había  caratulado de antinovela, él prefería llamarla contranovela, por una serie de motivos que no interesa ahora profundizar.

Sería poco serio decir que estos relatos tienen algo que ver con la obra maestra de Cortázar, o que quien escribe tiene siquiera una pizca de su genialidad. Simplemente se tomó esta idea como motivadora, también, del título tan cuestionado.

Explicación filosófica:

Como dijimos anteriormente, la idea de “Relatos contra literatura” pareciera presentar una contradicción controversial.

El nihilismo es una corriente filosófica que se basa en la negación del ser, en la negación de los objetivos últimos de la vida humana y en una serie de bajones que no queremos describir. Nietzsche fue uno de los filósofos de la corriente nihilista, no sabemos si de los más importantes, pero por lo menos de los más famosos.

Nietzsche llegó a sostener que Dios no existe, y hoy los grafitis por las calles se burlan de este filósofo diciendo “Nietzsche no existe. Firma: DIOS”. La soberbia que tiñó los atisbos de este señor llegaron incluso a servir de base al movimiento nacido en Alemania que terminaría años después con el holocausto.

En deshonor a este filósofo, actualmente tan reconocido, en repudio al juicio oscuro de este sátrapa cuyo espíritu se consumía con cada uno de sus pensamientos, también dedicamos el nuevo título del sitio “Relatos contra literatura”. Una suerte de sarcasmo nihilista en cuya negación se destruye aquello mismo que se está afirmando, de modo de burlar a aquel personaje –al que tanto respetamos—.

Explicación pragmática:

“SOS Me fui a vivir solo” ya no representaba la realidad del sitio. De ningún modo creemos que el aire controversial que describe “Relatos contra literatura” esté a la altura de las circunstancias, pero al menos disfraza un poco más, con la fachada, el vacío de nuestro interior –el interior del blog, claro—.

Explicación histórica:

Si bien se sabe que a la historia la escriben los vencedores, nosotros no pudimos dejar de hacer sonar algunos tambores –o al menos unos cajones peruanos, o unas cacerolas de modestas dimensiones—.

Porque un blog sin historia es un blog sin memoria, no nos desprendimos de la nuestra. Porque quien no conoce su historia está condenado a repetirla, y tenemos terror de atravesar nuevamente los mismos senderos del pasado. Al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar, decía Machado, y tiempo después cantaba el Nano Serrat.

Es por ello que mantenemos los contenidos, los miembros e incluso el apodo del escritor protagónico: “Don SOS”.  

Finalmente, esperamos haber desasnado las dudas de nuestros queridos lectores, a quienes invitamos a compartir, debatir, opinar, saludar y otros tantos verbos más dentro del blog que estrena título, pero que en esencia sigue siendo lo mismo: nada del otro mundo.

Un fuerte abrazo y muchas gracias a todos: a los que recién se suman, a los intermitentes y a los históricos. 

¡GRACIAS!